BIENVENIDOS ABUTARDEROS Y ABUMAÑANEROS.....

Quiero saludaros y agradeceros a todos los que me leeis, no sabeis cuánto me anima ver vuestras entradas. Me encantaría que publicárais algún comentario con vuestras opiniones y sugerencias. Me ayudaría mucho saber qué pensais acerca de los temas sobre los que escribo o si tenéis curiosidad acerca de mi visión de algún tema en concreto.... Bueno, que estaré encantada de recibir cualquier aportación aunque sea en forma de crítica. Un besu.



miércoles, 27 de abril de 2011

DESARRAIGO

Ayyyyyyyy, Vutarder@s de mis entresijos, aquí me hallo de nuevo, adaptándome a la vida rural, bueno más bien readaptándome y rearraigándome, porque tengo las conciencias confusas. Vivo en un estado de disforia de gentilicio, o de pertenencia.... hasta incluso de empadronamiento. Como diría Alberto Cortez "No soy de aquí ni soy de allá....". Resulta, que cuando llegué a las grandes urbes (no confundir con grandes ubres por muy primaverales que estemos....), desembarqué en casa de mi amiga, esa que tiene dos niñas y que me visitó en Navidad. Es una gran amiga que cada vez que me exilio de mi yugo doméstico me da asilo político. Vive en un piso muy grande, en el que gozo de una habitación entera para mí, una bañera enorme y un patio de cuarenta metros al que puedo salir a estirar las alas, además me reciben con un cariño conmovedor. Pues bien, así las cosas debería hallarme en el paradigma de la comodidad.... pero nada más acostarme me dí cuenta de que me hallaba rodeada por los cuatro costados, no hacía más que oir onomatopeyas de todo tipo, de esas que producen los humanos en los momentos de cortejo y apareamiento, de las que producen cuando duermen y están acatarrados o borrachos, y otras más escatológicas que producen cuando no digieren bien el alpiste, todo ello aderezado del encantador murmullo que produce un cachorro humano recién salido del huevo cuando tiene un cólico de gases. El cachorro humano en cuestión se llamaba Jimena, y su pobre madre estuvo a punto de recibir una fuente enorme de torrijas manufacturadas por esta avutarda como consolación a semejante trance reproductivo, pero mi amiga me lo quitó de la cabeza diciendo que esas costumbres no se estilaban en lo urbanita. Cuando conseguí conciliar el sueño con normalidad llevaba quince días en Madrid. Otra que también ha sufrido el desarraigo cruelmente ha sido Belinda, que he de deciros que se ha comportado como un coche de internado suízo, o sea impecablemente. Los primeros días, tuvimos muchísimo tiempo para intimar en el rato dedicado al aparcamiento. Yo no salía de mi asombro al comprobar como mi amiga reproducía el milagro de los panes y los peces, pero con los centímetros que había entre un coche y otro para aparcar el suyo. Ella jura que no ha vendido su alma al diablo, pero a mí no me quita nadie de la cabeza que forma parte de una secta con poderes paranormales, si no, no se explica como podía encajonar su coche en aquellos huecos míseros en los que según mi entender, apenas cabría la bici de lo alienhija. El caso es que yo no sé si los huecos crecían a fuerza de dar vueltas a la manzana, o es que Belinda menguaba de desesperación, lo cierto es que hubo veces en que el estres de tener quince coches pitándome y llamándome de todo, pegaditos a las ruedas traseras, estuvo a punto de acabar con mi educación y mi paciencia. De hecho, creo recordar que un día, tras quince minutos de maniobras, me dedicaron una ovación por despejar el tráfico en la plaza de VistaAlegre. Pero luego venía lo peor, tras haber dejado a Belinda y encomendarla a todas las deidades que conozco, al cabo de unas horas o al día siguiente, me tocaba la penosa tarea de buscarla. Yo salía a la calle y me encaminaba a la zona en la que más o menos la había dejado, entonces empezaba....
- Belindaaaaaaaaaaaa, manifiéstate..... Soy yo, tu avutarda amiga, que no te halloooooooooooo.- La gente me miraba estupefacta y un día un señor quería darme un euro. La búsqueda se facilitaba o se complicaba en función de la distancia del portal a la que hubiera aparcado, de modo que había días en que tardaba lo mismo en colocarla que en encontrarla. Luego, está claro, el anonimato de las grandes ciudades, había en este barrio lo menos cincuenta clones de Belinda, con los mismos arañazos y todo, de modo que más de una vez me tuve que enfrentar a un dueño colérico que me increpaba primero por choriza y luego por idiota. Menos mal que Belinda y yo llegamos a un acuerdo, resulta que los coches tienen sexto sentido, como los perros, y oyen mucho mejor que los humanos y las avutardas, así que me dijo que cada vez que yo pulsaba la llave del coche, ella oía una especie de pitido y encendía las luces y abría las puertas. Esto según ella es el equivalente a pegar saltitos moviendo el rabo, que es lo que hace lo perruno para decirme cuanto se alegra de verme. De modo que yo salía a la calle y apuntaba a los clones con el llavero, si no hacían signos de reconocerme, guardaba las distancias, así hasta que el mío hacía el santo y seña y ya me subía y arrancaba. Podéis imaginaros lo que me costaba llegar a tiempo a ningún sitio, no sabía con cuanta antelación tenía que salir de casa.....
Pero el día que ya rizamos el rizo, fué el día en que visité a mi tío (ese que se disfraza de Cásper para afeitarse) y a la tía Pili. Hacía más de un año que no los veía, de modo que cuando llegamos a su barrio, dimos unas vueltas de reconocimiento y finalmente encontramos un hueco en el que Belinda cabía sin estrecheces. Recorrí el camino desde el coche hasta la casa dejando piedritas blancas como Pulgarcito, pero si bien este no contaba con la bandada de pájaros que se comieron sus migas de pan, yo no contaba con la bandada de barrenderos municipales que pululan por Madrid a cualquier hora del día o de la noche. Menos mal que mi tío quiso bajar conmigo a saludar a Belinda y a presentarle a Gus, el perro de mi tía Pili y su canguro. Salimos a la calle y yo no encontraba el rastro de piedritas, de modo que mi tío me preguntaba.
- ¿Pero sabes más o menos cuánto has andado o como era la calle?.
- Pues anduve como de mi casa al lavadero, y la calle era toda con persianas verdes.
- Ah, pues con esas señas, seguro que para San Isidro lo hemos encontrado, ¿no ves que todo Vallecas tiene las persianas verdes?.
- Ah, ¿sólo Vallecas?, mejor, así vamos acotando terreno.
- Pero vamos a ver, además de las persianas verdes ¿has visto algo más que te ayude a identificar la calle?.
- Sí, había una farola en la esquina y una señora paseando a un perro con un jersey de cuadritos.
- ¡Pero bueno!.¿Tú te crees que esas son indicaciones para reconocer algo?.
- Huy, en mi pueblo sí, si tú le dices a alguien que has visto a una vecina con un mandil de flores verdes enseguida te dicen donde vive, conque un perro con jersey escocés....  De todas formas, te diré que he pasado por la bombonería, por un bar y que he entrado a la colonia por la puerta de arriba.-
Parece que estas indicaciones sí que sirvieron de algo, porque al cabo de unos cuarenta y cinco minutos de nada, Belinda empezó a guiñar sus faros loca de contento. Lo malo ha sido que al llegar aquí, se le han puesto unas ojeras bajo los faros, que parece que está moraíta de martirio, le he preguntado qué le pasa y me ha dicho que echa de menos las farolas y a sus clones, que aquí se siente sóla por la noche y tiene miedo de la oscuridad por eso no duerme bien. He decidido dejarla al lado del Ibiza de lo moruno y no apagar la luz del portal hasta que se le pase.

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